Un hombre en inferioridad de condiciones resiste a cualquier precio, decidido a mantener su dignidad, que es lo último que le queda. Teniendo siempre a una corporación desalmada por antagonista, esa fábula, que el cine estadounidense ha narrado reiteradamente –de Capra a Los secretos del poder, para dar un brusco pantallazo–, encontró campo ... Leer más Un hombre en inferioridad de condiciones resiste a cualquier precio, decidido a mantener su dignidad, que es lo último que le queda. Teniendo siempre a una corporación desalmada por antagonista, esa fábula, que el cine estadounidense ha narrado reiteradamente –de Capra a Los secretos del poder, para dar un brusco pantallazo–, encontró campo fértil en el cine argentino de las últimas décadas. De Tiempo de revancha para acá, en formato de thriller, drama o comedia dramática, películas como Perdido por perdido, El dedo en la llaga y Luna de Avellaneda se inscribieron en esa serie. Basada en el cuento homónimo de Fontanarrosa, y coescrita por él, en Cuestión de principios el protagonismo de Federico Luppi hace más visible esa continuidad. Y las insalvables diferencias, claro.
Entre la más tradicional comedia costumbrista y la épica individual se ubica esta segunda película de Rodrigo Grande (Rosario, 1974), quien ya en su debut, Rosarigasinos (2001), había reunido a Luppi con Ulises Dumont. Empleado en una compañía constructora, Castilla (Luppi) es una suerte de gentilhombre, descendiente lejano de aristócratas españoles y con un padre que supo ser presidente del Comité de Etica del Jockey Club. Siempre con su mujer Sarita dispuesta a atenderlo (Norma Aleandro, reunida con Luppi luego de Sol de otoño), su rechazo por toda forma de modernidad se hace manifiesto en presencia de jóvenes, ya sean los bullangueros e incultos compañeros de trabajo como su hijo adoptivo, Rolito, versión criolla de Beavis & Butthead. Esa distancia no le impide a Castilla mirar con cariño a Inés (María Carámbula), que, en medio de la bestialidad de sus compañeros, se siente comprensiblemente tocada por la caballerosidad del dinosaurio.
Pero en la oficina acaba de asumir un nuevo jefe, Silva (Pablo Echarri), yuppie recién llegado de España, que viene dispuesto a “modernizar” la empresa a fondo. Ya se sabe lo que esto quiere decir en esta clase de historias: el tipo es la encarnación misma del demonio. De manera que el enfrentamiento que sobrevendrá polarice las cosas, bien en blanco y negro. Como se trata de una comedia dramática, el conflicto consiste en algo ridículamente ínfimo: Silva colecciona una vieja revista de espectáculos, le falta un número y Castilla lo tiene. Pero no está dispuesto a regalarlo, mucho menos a venderlo: en ese número hay una foto de su padre, en compañía del príncipe Humberto de Saboya, y eso tiene para él un carácter que no hay dinero que pueda comprar.
De allí en más es una pulseada entre la ética y el pragmatismo, entre los valores “de antes” y los “de ahora”. Pulseada que deberá confirmar, por supuesto, que todo tiempo pasado fue mejor. Es una historia vista mil veces, contada con la mayor falta de matices del mundo y con el desenlace que cabe esperar. Lo curioso es que –tal vez por aquello de que en un thriller lo más importante es el villano– antes que un Luppi repetido y una Aleandro tratada con máxima misoginia, el que vuelve a lucirse es Echarri, que compone con enorme precisión y carisma a su despreciable monstruo moderno.
Por Horacio Bernades
El problema con Adalberto Castilla no es que sea muy rígido en materia de principios éticos y morales y que los defienda con tenacidad más allá de que los valores que hoy imperan en la sociedad, para bien o para mal, ya no sean los mismos que le inculcaron sus mayores. El problema es que hace de ellos una bandera; los exhibe como un certificado ... Leer más El problema con Adalberto Castilla no es que sea muy rígido en materia de principios éticos y morales y que los defienda con tenacidad más allá de que los valores que hoy imperan en la sociedad, para bien o para mal, ya no sean los mismos que le inculcaron sus mayores. El problema es que hace de ellos una bandera; los exhibe como un certificado de superioridad delante de los demás, y esa dignidad tan alardeada lo ha convertido en un personaje que terminó siendo su máscara y su jaula (y también causa de infelicidad para los suyos). Un día la vida lo pone a prueba: tendrá que demostrar cuánto hay de convicción en esa rectitud irrenunciable y cuánto de necesidad de seguir respondiendo a la imagen que le ha dado su única porción de poder.
A Fontanarrosa ese planteo le sirve para observar personajes de la vida cotidiana (rosarina, preferentemente) con ingenio, ironía y humor: la parodia tiene un costado crítico pero la mirada es siempre tierna, risueña, comprensiva. El brete en que el azar coloca a Castilla lleva a descubrir su vulnerabilidad y su verdadero rostro ante los demás y ante sí mismo y a que la historia se pueble de situaciones reconocibles (en casa, en la oficina, en el infaltable bar), tomadas en clave tibiamente crítica y en solfa. En la adaptación al cine, el tono paródico y el toque de absurdo se diluyen un poco en el costumbrismo que domina casi todo el film y que a veces acepta la exageración y algunas apelaciones emotivas de dispar eficacia, sin descartar cierta insistencia en un mensaje moralizador. A cambio, conserva la agudeza de los apuntes y los hallazgos cómicos de muchos diálogos y tiene además un elenco que se compromete con su tarea y extrae lo más jugoso de cada personaje. Aquí vale destacar la riqueza de la composición de Federico Luppi, aunque también son notables los aportes de Pepe Novoa, María Carámbula, Oscar Núñez y Norma Aleandro, entre otros.
Es cierto que hay elecciones desconcertantes (los claroscuros de la imagen parecen propios de una de misterio) y que la narración acusa algunos baches y se prolonga demasiado sobre el final, pero el film tiene humor y atractivos suficientes para sumarse a la actual onda de popularidad del cine local.
Fernando López
Cuestión de Principios
"Excelente"
"Excelente actuación de Luppi, con muy ricos diálogos y sobre un cuento del genial Fontanarrosa. Para aplaudir!!"