El tiempo detenido de la siesta entrerriana. Las canciones de una mujer como puentes suspendidos. Un extranjero perdido con ganas de encontrarse. Un día, un encuentro.
| Género | Fantasía, Romance |
|---|---|
| Título Original | El Amarillo |
| Director | Sergio Mazza |
| Protagonistas | Myrta Fratinni, Gabriela Moyano, Alejandro Barratelli |
| Año de producción | 2006 |
| Duración | 87 minutos. |
| MPAA rating | PG-13 - Aviso para los padres. Este material puede ser inapropiado para niños menores de 13 años |
| Guionista | Sergio Mazza |
| País | Argentina |
| Calificación de la comunidad | ![]() Calificación media basada en 10 personas |
| Calificación de la prensa | ![]() Calificación media basada en 2 críticos |
| Ultima modificación | la vieja (Hace un año) |
¿Quién es Sergio Mazza? El estreno conjunto de El amarillo y Gallero permite empezar a contestar una pregunta que en los últimos años circuló en ámbitos muy reducidos. El de los festivales, concretamente. Opera prima de Mazza, El amarillo resultó, tres años atrás, uno de los descubrimientos de la 21ª edición del Festival de Mar del Plata ... Leer más ¿Quién es Sergio Mazza? El estreno conjunto de El amarillo y Gallero permite empezar a contestar una pregunta que en los últimos años circuló en ámbitos muy reducidos. El de los festivales, concretamente. Opera prima de Mazza, El amarillo resultó, tres años atrás, uno de los descubrimientos de la 21ª edición del Festival de Mar del Plata. De allí pasó al Bafici y llegó más tarde a Venecia, Viena y Locarno. Fue nuevamente en Mar del Plata, a fines del año pasado, donde Mazza (recibido en la carrera de Diseño de Imagen y Sonido y con formación en Artes Plásticas) presentó su opus 2, Gallero. Es una muy buena iniciativa, por parte del Malba y Arte Cinema, estrenar ambas películas en forma coordinada, ya que ello permite hacer foco en lo que constituye, hasta la fecha, la obra “completa” de un cineasta en pleno desarrollo.
Siendo Mazza porteño, su cine se localiza, hasta ahora al menos, en el interior. El pueblito de La Paz, Entre Ríos, en el caso de El amarillo, y varias localidades catamarqueñas, en el de Gallero. Ambas se inscriben resueltamente en lo que podría denominarse “minimalismo rural”. De factura netamente casera, El amarillo es oscura, primaria y rústica, mientras que Gallero ofrece un pulido técnico y fotográfico que no necesariamente la beneficia. En ambas hay, antes que historias propiamente dichas, embriones de historias posibles o tal vez ni siquiera eso. Hay el encuentro entre un hombre y una mujer. Encuentro que en El amarillo aparece marcado por una tensión sexual que la atraviesa de punta a punta y que en Gallero adquiere el carácter de una lenta e indefectible inminencia.
La tensión de El amarillo –que no es sólo sexual, sino también cinematográfica– reconoce una fuente notoria, que lleva el nombre y apellido de Gabriela Moyano. Actriz, cantante, compositora y letrista, esta huesuda morocha constituye uno de los grandes hallazgos no sólo de Mazza, sino del reciente cine argentino en su conjunto. Dueña de una sexualidad hipnótica pero desganada, de un timbre cavernoso y de un hablar raspado, Moyano –ganadora de una Mención Especial en el 8º Bafici– parece, en El amarillo, una femme fatale de cine negro de los ’40, extraviada en un bolichón rasposo del Litoral. Le basta sacarse un zapato, perezosamente, al costado de un plano general, en medio de una cocinita de tres por cuatro, para que la mirada del espectador se clave, a la distancia, en su pie izquierdo. Ni qué decir de cuando agarra la guitarra y, sentada sobre un tablón, con un montón de botellas de gaseosa tamaño familiar por único atrezzo, frasea unas milongas tristonas y unos boleros melanco, cuyas herméticas letras parecen como de otro planeta.
De otro planeta es también la tensión que esa presencia genera, en un entorno que, de no ser por ella, sería rotundamente mustio. La cámara, como contagiada de la pereza siestera del lugar, toma ese entorno tal como es, sin hacerse preguntas. De los personajes se sabe poco, casi nada. Del forastero, que viene “de Olivos” y llegó allí en bote. De Amanda, que está ahí desde hace unos meses. De “El Amarillo” (nombre del boliche), que en él, por las noches, los parroquianos bailan chamamés con las chicas. O contratan, si prefieren, “servicio completo”. “¿Tené un cigarrillo, vó?”, pide Amanda, como los presos de la cárcel. “¿Va’ queré algo má, vó?”, pregunta después. Mazza no filma el paisaje: lo da por supuesto. No sucede lo mismo en Gallero. Filmada en un digital de alta definición sumamente pulido, en Gallero se siente la mirada del forastero, no ajena a cierta voluntad de embellecimiento. Una voluntad que choca con la aridez del paisaje y de la gente.
El del título es Mario, trabajador golondrina parco y solitario, dedicado casi exclusivamente a sus gallos de riña. Julia le lleva unos treinta años, alguna vez perdió a toda su familia en un accidente y tampoco es de hablarse todo. La cámara observa a distancia un acercamiento que de tan lento se hace casi imperceptible, acoplándose a esos tiempos. Circunstancialmente Mazza da entrada, mediante inserts, a breves –tal vez inadecuados– sueños y fantasías de los personajes, así como a ciertas fotos posadas que recuerdan el pop pobre del fotógrafo Marcos López. Un colega definió a Gallero como un posible cruce entre El romance del Aniceto y la Francisca y Japón (por la relación, eventualmente sexual, entre el cuarentón y la septuagenaria) y está claro que dio en el clavo. No sólo por la justeza de las referencias, sino por el propio hecho de que la segunda película de Mazza parecería recorrer caminos cinematográficos menos singulares que la primera.
Por Horacio Bernades
El amarillo , debe juzgarse como un ejercicio a propósito de la siesta entrerriana, una carta de presentación algo fallida de un cineasta que, no obstante demuestra, por un lado, una interesante elaboración estética en función de un eje dramático, pero por el otro lado tiene una resolución no demasiado feliz.
Se trata de una muy pequeñ ... Leer más El amarillo , debe juzgarse como un ejercicio a propósito de la siesta entrerriana, una carta de presentación algo fallida de un cineasta que, no obstante demuestra, por un lado, una interesante elaboración estética en función de un eje dramático, pero por el otro lado tiene una resolución no demasiado feliz.
Se trata de una muy pequeña historia de pasiones entre Amanda (una destacable Gabriela Moyano), una mujer que canta con profunda melancolía en un burdel y un no menos enigmático forastero que intentará conocerla. Lo que ocurre es que el relato se extiende sin necesidad (quizá se hubiera ajustado mejor al formato de corto), deviene reiterativo y termina siendo víctima de ese exceso sumido en lo oscuro del entorno. Quizás el peor defecto sea entender como necesarias situaciones cuyo principal atractivo tiene que ver con una atmósfera que, hay que reconocerlo, es hipnótica. A pesar de esta suma de debilidades, la ópera prima de Mazza tuvo un largo recorrido festivalero (la semana de la crítica en Venecia, el festival de Locarno; el del Bafici, donde recibió una mención especial del jurado a la actuación y un merecido premio a la música, y Mar del Plata), que facilitó a su autor la realización casi de inmediato de un segundo largometraje.
Claudio D. Minghetti


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