He aquí el escenario: usted es un adolescente jarioso que, después de leer en voz alta La dama del perrito, La guerra y la paz o La odisea, recibe en pago por tan extenuante labor el derecho a acostarse con Kate Winslet. Si esto no es la definición de un buen trato, no sé entonces lo que es. The reader: Una pasión secreta (The Reader, GB-Alema ... Leer más He aquí el escenario: usted es un adolescente jarioso que, después de leer en voz alta La dama del perrito, La guerra y la paz o La odisea, recibe en pago por tan extenuante labor el derecho a acostarse con Kate Winslet. Si esto no es la definición de un buen trato, no sé entonces lo que es. The reader: Una pasión secreta (The Reader, GB-Alemania, 2008), de Stephen Daldry, está basado en la novela homónima de Bernhard Schlink que, hasta donde sé, es un best-seller que ha sido traducido a 40 idiomas, incluyendo el castellano. La popularidad del libro me sugiere que, acaso, la novela de Herr Schlink sí logra resolver con justicia lo que en la película aparece como un auténtico despropósito. El filme, adaptado por el dramaturgo y guionista David Hare, sigue en varios momentos temporales –de fines de los 50 hasta los años 90– la relación del preparatoriano, luego estudiante de leyes y finalmente prominente abogado alemán Michel Berg (David Kross como muchacho, Ralph Fiennes como adulto) con la misteriosa empleada tranviaria Hanna Schmitz (Kate Winslet). Michael, de 16 años, pierde la virginidad con la treintona Hanna, mientras el muchacho le lee en voz alta a Chejov, Pasternak o Dickens. Un buen día, Hanna desaparece de su vida, sólo para reaparecer una década más tarde, acusada de crímenes de lesa humanidad, pues es juzgada por ser responsable de la muerte de cientos de judíos en Auschwitz. El problema es que el secreto verdadero, importante, que guarda celosamente Hanna, no es el haber sido una muy pragmática y responsable oficial de los SS durante los años 40 en la Alemania nazi sino otro que, cuando es descubierto, termina minando seriamente el sentido de toda la película. Dicho de otra manera: se nos pide que tengamos compasión de una criminal de guerra sólo porque disfrutaba de escuchar la prosa de Mark Twain. En su canónico texto Eichmann en Jerusalén (1963), Hannah Arendt acuñó el discutido término de la 'banalidad del mal', en el que señalaba que hombres comunes y corrientes –como la Hanna Schmitz de Winslet– podían convertirse en los peores criminales de la historia por mera irreflexión. Pero eso, queda claro, no los hace inocentes. Tengo la impresión que Daldry y Hare –¿o el autor original Schlink?– no entendieron la diferencia.
Por Ernesto Diezmartínez
¿Puede un criminal de guerra tener la osadía, o la torpeza, de reconocer sus crímenes en juicio público? ¿Se puede enviar gente cotidianamente a la muerte y, al mismo tiempo, conmoverse hasta las lágrimas por una novela? ¿Arrepentirse de los crímenes cometidos sirve de absolución? ¿La sensibilidad artística redime de ellos? Se comprende ... Leer más ¿Puede un criminal de guerra tener la osadía, o la torpeza, de reconocer sus crímenes en juicio público? ¿Se puede enviar gente cotidianamente a la muerte y, al mismo tiempo, conmoverse hasta las lágrimas por una novela? ¿Arrepentirse de los crímenes cometidos sirve de absolución? ¿La sensibilidad artística redime de ellos? Se comprende que cuando Der Vorleser se publicó por primera vez en Alemania, a mediados de la década pasada, haya dividido la nación entera entre el elogio y la acusación. La novela de Bernhard Schlink, que en inglés se publicó como The Reader y en castellano, como El lector (la editó Anagrama), se hace la clase de preguntas que la razón pragmática aconsejaría no hacer. En su ambición casi quirúrgica por la verdad más incómoda, Schlink, que no carga sobre sí con la menor sospecha de connivencia ni de negacionismo, toca el nervio más sensible de la memoria reciente de la humanidad: el del genocidio nazi. Y lo hace sin anestesia.
Siendo El lector una novela sobre el peso de lo vivido, estructurada en capas temporales, al adaptarla al cine el guionista británico David Hare (el de Plenty, Damage y Las horas) le sumó un tiempo más: el presente. Tiempo narrativo que Schlink reserva apenas para las dos páginas finales, y que aquí es la plataforma misma desde la cual el pasado se dispara. El gesto del juez Michael Berg (Ralph Fiennes), en las primeras escenas, avisa que no va a ser arrastrado por gusto hacia ese pasado, sino que es éste el que se impone sobre él y no le da lugar a escape. En ese presente que la película fija, como la novela, en 1995, el doctor Berg vive en un mundo aséptico, como si temiera contagiarse de algo. Se comprenderá más tarde que no es contagio lo que teme sino la pura y simple culpa, que hasta ese momento intentó mantener enterrada. Un primer racconto lo lleva hasta 1958, cuando tiene 15 años y conoce a Hannah Schmitz (Kate Winslet, a quien convertirse visiblemente en otra seguramente la llevó al Oscar).
Dividida en tres movimientos, el primero de ellos narra la iniciación amorosa y sexual de Michael (David Kross) a manos de Hannah. Un par de décadas mayor, desde el momento en que lo seduce la mujer no dejará de llevar la iniciativa de la relación. Relación que no excluye cierto ribete de ama y esclavo, con este último leyendo, en voz alta y por exigencia de aquélla, clásicos literarios. Por qué Hannah le pide eso es como el mcguffin de The Reader, un secreto que importa menos en sí mismo que como disparador dramático. Diez años más tarde, Michael ha dejado de ver a Hannah. Uno de sus profesores de derecho (Bruno Ganz) lo lleva, junto con un grupo de compañeros, a presenciar el juicio público a seis mujeres, ex guardiacárceles de Auschwitz. Una de ellas resulta ser Hannah. Corazón del relato, es allí donde Schlink dispara todas las preguntas que lo mueven, y que, en la novela, la primera persona acentúa, junto con ciertas referencias autobiográficas.
Como si fuera una representación a escala de Alemania entera, la banalidad del mal de la que hablaba Hannah Arendt parecería transmitirse en esa sala de tribunal por círculos concéntricos. Círculos que van desde las acusadas hasta el público (representado por Michael, que no sólo intenta esconderse de la vista de Hannah, sino que además decide no presentar un testimonio clave) e incluyen a las generaciones anteriores. Encarnadas estas últimas por el profesor, que confiesa haber guardado un silencio cómplice durante el nazismo. En tanto todas las preguntas que implícitamente se formulan son altamente comprometedoras –trasladables, desde ya, a cualquier sociedad en la que se juzgue un pasado criminal, incluyendo a la argentina–, el material es tan denso en términos éticos como volátil en lo dramático.
La novela original apela a la conciencia del espectador (no a la buena conciencia, que es su versión hipócrita) y la película es fiel a ello. Paga con cierta falta de vuelo el precio de su carácter subsidiario, pero tiene la virtud de no cometer errores graves, que anulen su efecto. A diferencia de Billy Elliot y Las horas, el realizador británico Stephen Daldry opta por la sequedad emocional y expositiva, evita golpes bajos y no se distrae con la clase de esteticismos de qualité que suelen asolar esta clase de películas. Truquitos de los que él mismo había echado mano en aquéllas. No se sale de The Reader con la higiénica, tranquilizadora sensación de haberse dado un baño de alta cultura o de seriedad intelectual –que es lo que sucede con el cine de qualité– sino con la cabeza llena de preguntas. Preguntas que seguramente exceden la capacidad de respuesta de cada espectador. Es justamente en ese exceso, en esa imposibilidad de respuesta, donde reside la gigantesca capacidad de interpelación de la novela de Schlink, que esta versión cinematográfica transmite sin obstruir.
El best seller de Bernhard Schlink en que se basa este film aborda cuestiones conflictivas en torno del impacto que la culpa produjo en la generación alemana posterior al Holocausto, y lo hace a través de una historia que se prolonga más de tres décadas y pone el acento en el dilema que vive su protagonista cuando descubre el oscuro pasado de l ... Leer más El best seller de Bernhard Schlink en que se basa este film aborda cuestiones conflictivas en torno del impacto que la culpa produjo en la generación alemana posterior al Holocausto, y lo hace a través de una historia que se prolonga más de tres décadas y pone el acento en el dilema que vive su protagonista cuando descubre el oscuro pasado de la mujer que fue su primer gran amor (acaso el único) y la secreta vergüenza por la cual ella se condena.
Claro que en su intento por atenuar las asperezas del cuento y hacerlo más accesible, la película encubre sus aspectos más duros: las atrocidades cometidas por los nazis y por sus cómplices son temas de los que sólo se habla; en algún caso se hace difícil asociar la imagen de un personaje al que se ha pintado en trazos amables con la del responsable de crímenes ventilados en un juicio, y hasta hace falta injertar una conversación sobre el final para exponer cuestiones que debieron proceder de la acción dramática. Aunque toca temas como el crimen, la justicia, la culpa, la redención, la responsabilidad o la humillación y llega a proponer alguna compleja disyuntiva moral (junto con, por ejemplo, una más que equívoca noción de autosacrificio), El lector nunca abandona ese velado ánimo complaciente. Al mismo propósito responde el virtuosismo formal del film, desde sus bellas imágenes (la fotografía es de dos maestros como Cris Menges y Roger Deakins) hasta la fluidez del montaje, que debe lidiar con los avances y retrocesos en el tiempo impuestos, no siempre justificadamente, por la adaptación.
Un encuentro
A pesar de esa alteración de la linealidad del libro de Schlink, el film está claramente dividido en tres partes. La primera, sin duda la más atractiva, es la que describe el encuentro entre el estudiante de 15 años y la misteriosa mujer de 36 que lo asiste cuando lo descubre afiebrado en la puerta de su casa: él, recuperado, volverá para agradecerle y conocerá el vértigo del amor; ella se mostrará tan ávida de sexo como de literatura, y Homero, Lawrence o Chejov se alternarán con los fogosos encuentros eróticos. En la segunda parte (la de la turbadora revelación y el provocativo dilema) y la tercera (la de la expiación), la historia pierde fuerza a medida que se suceden notas falsas y asoma cierta apelación emotiva que obliga a Kate Winslet a redoblar su esfuerzo para dar espesor humano a un personaje que tiene -como todo el film- mucho de cerebral. Ella y David Kross son puntales decisivos del film.
Fernando López
El Lector
"Increíble"
"Atrapante a cada segundo. Un relato de como un hombre le lee libros a una guardia nazi que es juzgada por haber encerrado a varios judíos que mueran en un incendio voraz.
La trama hace emocionar al espectador y lo mantiene atento a ver que sucederá con la pareja de adolescentes que con el paso del tiempo tienen la chance de poder verse una vez mas para recordar los viejos tiempos en los que compartieron la llama de la pasión que los unió. "