Dos circunstancias alimentan las mejores expectativas acerca de esta película. Las mismas que, al cabo de la proyección, refuerzan en el espectador una sensación de desencanto: se trata de una realización de los hermanos Joel y Ethan Coen y propone la relectura de una producción inglesa de 1955 que, por justos motivos, se volvió un clásico d ... Leer más Dos circunstancias alimentan las mejores expectativas acerca de esta película. Las mismas que, al cabo de la proyección, refuerzan en el espectador una sensación de desencanto: se trata de una realización de los hermanos Joel y Ethan Coen y propone la relectura de una producción inglesa de 1955 que, por justos motivos, se volvió un clásico del irreverente humor negro inglés.
Lejos del original
Por supuesto, nadie esperaba un calco del film original. Ethan había anticipado que para su versión habían conservado la jugosa premisa de la historia. "Le desgarramos la columna vertebral, nos quedamos con ella y tiramos el resto", ilustró. Así, el escenario no es ya Londres sino la zona rural de Mississippi, y la tierna dueña de la casa desde donde los falsos músicos del quinteto planean y llevan adelante su arriesgado robo ya no es la arquetípica viejecita menuda y aparentemente inofensiva, sino la voluminosa señora Munson -negra, viuda, igualmente inocente y muy religiosa-, que sabe pelear por sus derechos, sobre todo cuando se siente perjudicada por los entusiastas del "hippity-hop", música que detesta. (La propietaria conserva esa afición por meterse donde no la llaman que terminará por alterar los planes de sus inquilinos y la convertirá en objetivo de sus impulsos criminales.)
No es esa innovación la que incide en los relativamente pálidos resultados que muestra el film; hasta puede afirmarse que muchas de las situaciones más graciosas tienen en su centro a Irma P. Hall, la veterana intérprete a la que el jurado de Cannes, quizá más diplomático que riguroso, recompensó hace poco con un premio. En cambio, sí parece determinante la transfiguración operada sobre el personaje protagónico, tanto por su propia concepción como por el ejercicio caricaturesco al que se entrega Tom Hanks para representarlo, tarea en la que compromete (y tal vez malgasta) buena parte de su oficio.
El "cerebro" de la banda de ladrones es un caballero de extraño acento sureño y parsimoniosa verbosidad, dueño de un lenguaje que habla tanto de su formación profesoral en lenguas como de una tendencia al rebuscamiento expresivo como resultado del cual suele emplear diez palabras donde alcanzarían dos, y para colmo, emitidas con tanto regodeo en la dicción que sus intervenciones terminan por volverse latosas y hasta irritantes.
Tampoco ayudan mucho el perfil unidimensional de los restantes personajes -los otros cuatro miembros de la banda, obligados a hacer variaciones de un único chiste- ni la elección de un humor que suele ser bastante insulso cuando no francamente tonto, y que en ocasiones cede a la vulgaridad. Quizá no es sólo falta de inspiración para imponer alguna innovación en el eficaz enredo de humor negro: da la impresión de que, como otras veces, los hermanos Coen han prestado atención preferencial al chiste privado y la diversión personal, sólo que despreocupándose de contagiar a la platea ese ánimo juguetón.
La dosis de diversión termina siendo bastante exigua, y es probable que sólo los más fanáticos seguidores de los Coen disimulen el escaso brío con que los realizadores afrontan, por ejemplo, la seguidilla de inesperadas y cómicas tragedias que se acumulan sobre el final. Puede ser también que se conformen con sus hallazgos esporádicos, sus destellos irónicos y su previsible brillo formal.
Lo mejor, curiosamente, también deriva de la variación de escenario impuesta por los Coen: es la maravillosa música de raíz gospel que ocupa la banda sonora cada vez que la devota señora Munson participa del culto en la Iglesia Bautista.
Fernando López
Muy Buena
Muy buena comedia...
La verdad que Tom siempre la rompe...