Si en Eterno resplandor de una mente sin recuerdos , Michel Gondry se atrevía a curiosear en el cerebro de sus personajes y emprendía algún viaje por sus pensamientos, recuerdos y fantasías, aquí radicaliza su propuesta: el protagonista es ahora un joven aspirante a artista que de tanto buscar refugio en el sueño ya no es capaz de distingui ... Leer más Si en Eterno resplandor de una mente sin recuerdos , Michel Gondry se atrevía a curiosear en el cerebro de sus personajes y emprendía algún viaje por sus pensamientos, recuerdos y fantasías, aquí radicaliza su propuesta: el protagonista es ahora un joven aspirante a artista que de tanto buscar refugio en el sueño ya no es capaz de distinguirlo de la vida real. El film, que se alimenta de esa fluctuación y por eso desestima cualquier rigor narrativo, es un incesante bombardeo de imágenes delirantes en las que se corporizan, en un caos psicodélico y cambiante, visiones, alucinaciones, deseos, memorias y fragmentos de lo vivido.
Soñando despierto transcurre siempre a caballo entre los dos mundos, con la excusa de contar una historia de amor en forma de fábula, y aunque atrae con su desbordada imaginación y su colección de trucos termina mostrando que Gondry, como su personaje, está más a gusto en el delirio y la fantasía que entre seres de carne y hueso. El cuento romántico, el ancla que debía dar sentido al torrente visual termina ahogándose en él. Sin ese sustento, la magia buscada resulta demasiado esquiva. Y del embriagador burbujeo que atrapa y encandila por un rato sólo queda a la vista una colección de trucos. Como si el film fuera la obra de alguien que, como el propio protagonista, muestra todo lo que sabe hacer para convencernos de sus dotes artísticas.
Desborde
Stéphane (un hiperactivo y convincente García Bernal) es el muchacho que regresa de México a París tras la muerte de su padre y comprueba que el trabajo que le ha conseguido su madre en una empresa gráfica tiene muy poco de creativo. El necesita un cauce para su imaginación desbordada; no lo encuentra allí, pero sí en la compañía de una vecina artesana que parece hecha a su medida. Claro que hay obstáculos, y vienen de la propia condición de Stéphane, verdadera víctima del sueño en que se refugia por miedo e inmadurez. Gondry crea el ambiente de fábula (un poco a la manera de un cuarto infantil) echando mano de todos los recursos a su alcance, de los que probó en sus celebrados videoclips y los que le proporciona el cine (de Méliès a la animación) a las manualidades de jardín de infantes. Caballos de trapo, ciudades de papel maché, aguas de celofán y viejos grabadores convertidos en máquinas del tiempo rodean a Stéphane y Stéphanie (la sensible Charlotte Gainsbourg) en la realidad y en los sueños, que tienen como escenario central el estudio de TV donde el protagonista conduce un estrafalario show. Hay abundante humor y estrecho espacio para los personajes secundarios, excepción hecha del simpático Alain Chabat, inefable compañero de trabajo del protagonista.
La excusa del sueño le sirve a Gondry para descartar la coherencia y dar rienda suelta a su inventiva, que es mucha y seduce. Aunque a medida que el film avanza y aumenta el vértigo, el delirio visual se hace un poco abrumador y el refugio onírico que se parecía al juego empieza a revelar la angustia real que le dio origen. Se busca entonces la salida poética, pero la película ya se ha quedado con poco oxígeno.
Fernando López
La Ciencia del Sueño
"Mala"
"Que fea película, en serio nada que ver con "Eterno..." , super fumada y eso que me encantan las películas así, pero aquí Gondry si se la mamó, no se entiende nada de nada."