MUY BUENAS ACTUACIONES.-
LA RECOMIENDO!! BUEN GUION.-
MUY BUENAS ACTUACIONES, LINDO GUION.-LA RECOMIENDO.- !!
Hermosa, glamurosa y adorada por el pueblo. Georgiana (Knightley) fue la mujer más fascinante de su época, el siglo XVIII. Pero mientras que su belleza y su carisma le forjó un nombre en la historia, el amor siempre se le escapó. Casada muy joven con uno de los hombres más ricos de Inglaterra, ... Leer más
Hermosa, glamurosa y adorada por el pueblo. Georgiana (Knightley) fue la mujer más fascinante de su época, el siglo XVIII. Pero mientras que su belleza y su carisma le forjó un nombre en la historia, el amor siempre se le escapó. Casada muy joven con uno de los hombres más ricos de Inglaterra, el Duque de Devonshire (Fiennes), fue confidente íntima de ministros y la Casa Real, llegando a ser un icono de la moda, madre adorada e influyente política para el partido liberal. Sin embargo, en el núcleo de su historia está la búsqueda desesperada de afecto y amor. Desde el apasionado pero fatídico romance con Earl Gray hasta el complicado triángulo amoroso con su marido y su mejor amiga Lady Bless Foster (Atwell).
| Género | Drama, Romance |
|---|---|
| Título Original | The Duchess |
| Director | Saul Dibb |
| Protagonistas | Ralph Fiennes, Keira Knightley, Charlotte Rampling, Dominic Cooper, Hayley Atwell, Aidan McArdle, Simon McBurney |
| Año de producción | 2008 |
| Duración | 110 minutos. |
| Productor | Gabrielle Tana, Michael Kuhn |
| Guionista | Anders Thomas Jensen, Amanda Foreman, Jeffrey Hatcher |
| Música | Rachel Portman |
| País | Reino Unido |
| Calificación de la comunidad | ![]() Calificación media basada en 809 personas |
| Calificación de la prensa | ![]() Calificación media basada en 5 críticos |
| Ultima modificación | la vieja (Hace un año) |
Debajo de su previsible despliegue escenográfico hay una historia por demás interesante a la que la película de Saul Dibb –demasiado preocupada por atender tanto al gran público como a ciertas aspiraciones artísticas– no termina de hacer justicia.
A primera vista, La duquesa tiene todo aquello que se puede esperar de una película de épo ... Leer más Debajo de su previsible despliegue escenográfico hay una historia por demás interesante a la que la película de Saul Dibb –demasiado preocupada por atender tanto al gran público como a ciertas aspiraciones artísticas– no termina de hacer justicia.
A primera vista, La duquesa tiene todo aquello que se puede esperar de una película de época, ambientada en la corte británica del siglo XVIII: pelucas como tortas, maquillajes como máscaras, grandes mansiones y suntuosos bailes, en los que la aristocracia aprovecha para el alarde, el cotilleo y los juegos de seducción. Pero por debajo de ese previsible despliegue escenográfico, que una esmerada producción enfatiza en vez de desacralizar (como hacía la María Antonieta de Sofía Coppola), hay una historia por demás interesante, a la que la película –demasiado preocupada por atender tanto al gran público como a ciertas aspiraciones artísticas– no termina de hacer justicia.
En 1774, Georgiana Spencer –hija de una familia terrateniente de la cual dos siglos más tarde salió también Lady Di, con quien siempre fue comparada– tenía apenas 17 años cuando fue dada en matrimonio a William Cavendish, duque de Devonshire, uno de los hombres más ricos y poderosos de su época. Ese matrimonio, al que Georgiana al comienzo se entregó con una ilusión adolescente, tenía para el duque –que les prestaba más atención a sus criadas y a sus perros– casi la única finalidad de proveerle de un heredero barón. La prolongada demora en conseguir ese resultado –la muchacha no tuvo mejor idea que parir dos niñas al hilo– hizo sentir sus consecuencias en varios sentidos, que la película esboza, pero apenas si desarrolla en sus facetas más superficiales.
Hay un primer momento relevante, sin embargo, que despierta al film del letargo en el que cae apenas comenzado: se trata de una escena dominada por no menos de dos docenas de hombres, envarados políticos todos, que se llenan la boca con unos discursos que aburren hasta a su propio mecenas, el duque, que los deja en la solitaria compañía de la duquesa. Entonada por unas copas de vino (las crónicas de la época hablan de su pasión por la bebida y el juego), Georgiana los pone en su lugar, haciéndoles ver que esas ideas de libertad que tanto pregonan son mezquinas, por no decir hipócritas, en la medida en que la libertad nunca puede ser limitada porque es una noción absoluta.
Sucede que Georgiana fue una figura de gran influencia política, como sugiere –pero no despliega– la película. Se la ve asistir a un mitin, en el que antes de que tenga la oportunidad de abrir la boca ya se gana a su multitudinario auditorio, pero el director Saul Dibb –proveniente de la televisión y a quien el proyecto parece quedarle tan grande como la mansión a su duque– nunca se molesta en explicar cómo esa mujer sometida a todas las inclemencias de su género y su época había sido capaz de alcanzar semejante popularidad, más allá de sus soberbios sombreros.
La película prefiere distraerse en cambio con otras dos aristas de su vida que si no tuvieran un relato tan convencional también podrían resultar atractivas: su sinuosa relación de amistad con Lady Foster, que después de una prolongada y ambigua convivencia con el matrimonio llegaría a ser la segunda esposa del duque; y el romance clandestino que Georgiana vivió con Charles Grey (de él proviene el nombre de esa variedad de té), futuro primer ministro, con quien tuvo una hija ilegítima. En cambio, mucho más interesante termina resultando el devenir del matrimonio de Georgiana, quien a pesar de sus ideas sobre la libertad termina comprometiéndolas para no tener que perder el contacto con sus hijos.
En este sentido, es determinante el duque que encarna Ralph Fiennes, una composición muy sutil y controlada, que expone al mismo tiempo el vicioso pragmatismo del personaje y también su asombrosa humanidad, sin por ello hacerlo menos repulsivo. “Qué maravilla esa libertad”, añora cuando ve jugar a sus hijos, a los que inexorablemente condenará a vivir en la misma dorada prisión de formas que él también habita. Por el contrario, a pesar de que es una actriz sensible, como lo demostró en Orgullo y prejuicio, Keira Knightley, quizá por insuficiencia del guión o impericia del director, no alcanza a darle a su protagonista la fascinación y la complejidad que pedía su personaje. Se la nota demasiado pendiente de su imagen, al punto que después de varios años y unos cuantos partos la película la sigue exhibiendo tan delgada y lozana como al comienzo, a pesar de que Georgiana murió muy joven, por complicaciones hepáticas.
En La duquesa, Keira Knightley interpreta a Georgiana, duquesa de Devonshire.
Las coproducciones entre Hollywood y Europa suelen bucear en la historia (y especialmente en la literatura) para encontrar personajes femeninos capaces de convertirse en el eje de películas ambientadas en épocas y contextos poco favorables para la mujer. Así, tras l ... Leer más En La duquesa, Keira Knightley interpreta a Georgiana, duquesa de Devonshire.
Las coproducciones entre Hollywood y Europa suelen bucear en la historia (y especialmente en la literatura) para encontrar personajes femeninos capaces de convertirse en el eje de películas ambientadas en épocas y contextos poco favorables para la mujer. Así, tras las múltiples transposiciones de los libros de Jane Austen o de las apariciones en pantalla de personajes reales, como los de las hermanas Bolena, la reina Isabel y María Antonieta, ahora le llega el turno a la reivindicación de Georgiana, la duquesa de Devonshire, que los estudios genealógicos ubican como antepasado directo de Lady Di y que las crónicas igualan en popularidad y desgracias.
El director Saul Dibb, un correcto artesano que no tenía demasiados antecedentes, eligió a Keira Knightley, y la actriz de Orgullo y prejuicio y de Expiación: deseo y pecado ratifica que tiene una gran ductilidad para transmitir las diversas facetas, las contradicciones íntimas de heroínas trágicas protofeministas. Su interpretación de Georgiana, la sufrida esposa del despiadado duque de Devonshire (Ralph Fiennes), es sin duda lo mejor de una película que parece narrada siguiendo todas y cada una de las recomendaciones del manual de películas de época sin salirse jamás del academicismo.
"Paciencia, fortaleza y resignación" es la frase con la que la madre de Georgiana (Charlotte Rampling) le aconseja sobrellevar las humillaciones de su marido infiel, violento y manipulador, que se preocupa más por sus dos perros que por ella y que encima tiene una amante tiempo completo (Hayley Atwell) instalada en el palacio. Pero Georgiana, que está perdidamente enamorada de un aspirante a primer ministro (Dominic Cooper), no parece muy predispuesta a cumplir con docilidad el rol de esposa sumisa que todos esperan de ella. Las cosas se complican aún más por dos razones: tarda mucho más de lo previsto en engendrar el hijo varón para lo que fue elegida en un matrimonio por conveniencia y se convierte en una figura política e ícono de la moda de inmenso arraigo popular, capaz de opacar sin esfuerzo a su insufrible marido.
Más allá de la exaltación de una mujer independiente e inteligente que intenta librarse del corsé represivo en un mundo dominado y manejado por los hombres (finales del siglo XVIII, en épocas previas a las revoluciones en Estados Unidos y Francia), La duquesa tiene una estructura clásica en su exploración del melodrama romántico. Nada de humor, de irreverencia ni de relecturas irónicas desde la actualidad. Un producto tan cuidado como previsible, que sólo ofrece en la actuación de Knightley motivos suficientes para el regocijo.
Diego Batlle
"La duquesa" profundiza en las relaciones de amor y de poder, con una impresionante Keira Knightley.
Hay tres verbos que no siempre pueden conjugarse correctamente en una misma ocasión. Son querer, poder y deber. Es lo que le ocurre a Georgiana, la duquesa de Devonshire y antepasada de Lady Di, una adelantada para su época (fines del siglo XVIII ... Leer más "La duquesa" profundiza en las relaciones de amor y de poder, con una impresionante Keira Knightley.
Hay tres verbos que no siempre pueden conjugarse correctamente en una misma ocasión. Son querer, poder y deber. Es lo que le ocurre a Georgiana, la duquesa de Devonshire y antepasada de Lady Di, una adelantada para su época (fines del siglo XVIII) en materia de modas, cierto compromiso político siendo mujer, popularidad entre la gente y, mal que le pese, triángulo amoroso mantenido en casa (o en castillo).
A Georgiana la casaron a los 16 años con el Duque de Devonshire, que lo único que desea es que su consorte lo provea de un heredero varón. A la segunda niña, el duque —que nunca tuvo buenos modales y llevó a Georgiana a quejarse a su madre porque "nunca me habla". "¿Y de qué quieres que hable?", le responde una componedora Charlotte Rampling, que 40 años atrás hubiera tenido el papel que hoy luce Keira Knightley—, digamos, se cansa. Georgiana conoce en una fiesta a Bess, abandonada por su esposo que no le deja ver a sus tres hijos (niños, varones), y la invita a vivir "un tiempo" con ellos.
Acertó.
Con sus decorados reales, sus amplios jardines, sus bailes y fiestas, candelabros y vestidos de época, La duquesa puede parecer un filme de estilo clásico, pero va más allá de la forma exterior. El director inglés Saul Dibb adaptó sólo una breve parte de la biografía de Amanda Foreman sobre Georgiana, y se abocó a esa relación tripartita en la que la duquesa tiene todas las de perder. "Me sacaste el único consuelo a mi matrimonio", le espeta al Duque, ya que Bess era algo así como su amiga y confidente antes de convertirse en amante de su marido. Y como éste no quiere, no puede y vaya uno a saber si debía o no echar a Bess, las cosas comenzarán a complicarse.
Keira Knightley está el 95 % de la proyección en pantalla, lo cual no extraña porque la película se llama La duquesa, y sabe cómo sobrellevar el peso de la historia, sus enojos y rebeldías, que incluyen, claro, su propio love affaire y una escena de violación. No le pasa poco a esta devota madre hasta de hijos ajenos en 110 minutos. Ralph Fiennes, como siempre que le toca o elige hacer de malvado, no quiere, no puede pero sí debería salir de esa pose tan suya de mirada tórvida y pocas pulgas que le conocemos de La lista de Schindler a esta parte. Hayley Atwell (El sueño de Cassandra) tiene futuro asegurado.
Si querer no siempre es poder, otra cosa es el deber. Los tres personajes centrales de La duquesa marcharon por la vida a los tumbos. Genética al margen, no podía esperarle otra cosa a Lady Di, 230 años más tarde.-


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La Duquesa
"Buena"
"Este drama de época dirigido por Saul Dibb,me ha parecido una película correcta, aceptable. La duquesa Georgiana, interpretada con gran profesionalismo por Keira Knightley nos muestra su vida con el duque William de Devonshire. El personaje de la Duquesa de Devonshire es una mujer muy querida por la alta sociedad burguesa. Tiene actividades políticas y por separado tiene un amante. Pero sufre con la fria y distante personalidad del Duque, interpretado por Ralph Fiennes ( de muy buen desempeño actoral ).
El film me ha gustado, no me ha maravillado pero como ya dije, me parece un film aceptable. Tiene un excelente vestuario y bellísima escenografia.
"