Sonia y Jonatan, madre e hijo, comparten la casa: territorio para el dolor de la madre, espacio para la huída del hijo. El marido está ausente, se ha ido, y los intentos por encontrarlo no conducen a nada. El hijo se irá en cualquier momento. La angustia empaña las horas, moldea la percepción d ... Leer más
Sonia y Jonatan, madre e hijo, comparten la casa: territorio para el dolor de la madre, espacio para la huída del hijo. El marido está ausente, se ha ido, y los intentos por encontrarlo no conducen a nada. El hijo se irá en cualquier momento. La angustia empaña las horas, moldea la percepción de la madre. Sonia bebe, se emborracha, cuenta sueños extraños y realiza acciones peligrosas. Jonatan se siente responsable. Cuida de ella. Si los episodios se repiten, si la madre se vuelve cada vez más frágil y vulnerable, ¿podrá marcharse?
| Género | Drama |
|---|---|
| Título Original | La Madre |
| Director | Gustavo Fontán |
| Protagonistas | Marisol Martínez, Gloria Stingo, Federico Fontán |
| Año de producción | 2009 |
| Duración | 64 minutos. |
| País | Argentina |
| Calificación de la comunidad | ![]() Calificación media basada en 2 personas |
| Calificación de la prensa | ![]() Calificación media basada en 3 críticos |
| Ultima modificación | littlemissunshine |
Madre e hijo en lucha. Silenciosa, sorda, desarticulada, ubicada en una zona que el espectador debe ir descubriendo, en su textura y en su intensidad. Esto es lo que plantean Gustavo Fontán (El árbol, La orilla que se abisma) y su equipo de trabajo en La madre: una relación que bordea la ruptura y, sin embargo, no puede quebrarse.
Una madre ( ... Leer más Madre e hijo en lucha. Silenciosa, sorda, desarticulada, ubicada en una zona que el espectador debe ir descubriendo, en su textura y en su intensidad. Esto es lo que plantean Gustavo Fontán (El árbol, La orilla que se abisma) y su equipo de trabajo en La madre: una relación que bordea la ruptura y, sin embargo, no puede quebrarse.
Una madre (Gloria Stingo) en el borde del colapso psicológico, un hijo (Federico Fontán, hijo del realizador) que desea abandonar la casa pero siente el lógico peso que podría tener esa decisión en el futuro de esa mujer, aparentemente en desequilibrio, y siempre cerca del peligro. Entre ambos, la novia del chico (Marisol Martínez), como una amenaza latente para la madre, una mujer que ya siente en su cuerpo las huellas de ya no provocar deseo sexual, en contraposición a su hijo . Y una casa que es escenario del conflicto con la neutralidad de lo apacible, sitio donde Fontán decide reposar la mirada, con encuadres precisos en los que la iluminación cumple un papel preponderante.
El director retrata esta relación, que sufre un vaivén entre lo desesperado y lo desconocido. Y lo hace a su manera: esquivando la narración tradicional, sin subrayados, con el uso de planos fijos contemplativos y un tratamiento no lineal para con los personajes, que incluye la menor información posible acerca de ellos. El fuera de campo, vital, que incluye un padre ausente cuya participación en el conflicto tal vez les daría una salida a estos personajes, supone también un trabajo de parte del espectador –al que Fontán jamás intenta dirigirle la mirada– para decodificar aquello que no puede percibirse, pero que está en el aire. Y que angustia.
El cine de Gustavo Fontán yace en la radicalidad de las imágenes. Un cine despojado de diálogos en el que cada plano, encuadre y secuencia se nos presenta como al azar dentro de un conjunto de imágenes que no necesitarán de palabras para narrar una historia.
Una madre sumergida en un intenso dolor y un hijo que quiere huir de ese mundo claust ... Leer más El cine de Gustavo Fontán yace en la radicalidad de las imágenes. Un cine despojado de diálogos en el que cada plano, encuadre y secuencia se nos presenta como al azar dentro de un conjunto de imágenes que no necesitarán de palabras para narrar una historia.
Una madre sumergida en un intenso dolor y un hijo que quiere huir de ese mundo claustrofóbico conforman este universo cargado de tiempos muertos y de una estética tan particular como personal.
Gustavo Fontán ya había mostrado en sus trabajos anteriores (El árbol, 2006; La orilla que se abisma, 2009) subjetividad y experimentación a la hora de encarar un trabajo cinematográfico. Historias despojadas de diálogos en las que las imágenes se suceden de manera azarosa para construir una historia tan simple como banal. Un minucioso cuidado estético convierte cada escena en una cadena de fotografías impresionistas. Cabe mencionar el excelente trabajo fotográfico, en el que predomina una coloración saturada, de Diego Poleri como el minucioso y artesanal trabajo de edición de Marcos Pastor (Rastrojero, 2006).
El film se centra en los vínculos y en la dependencia que tienen entre sí madre-hijo. Si bien La madre (2009) tiene una estrecha relación con Madre e hijo (Mat'' i syn, 1996) de Aleksandr Sokurov, logra desprenderse de la obvia comparación ante las diferencias del relato que en este caso deriva en las responsabilidades de los padres hacia los hijos y viceversa, como así también de la construcción estética, mientras el film de Sokurov tiene claras referencias pictóricas, el de Fontán recurre al impresionismo. ¿Quién debe hacerse cargo de quién? Es la gran pregunta que nos genera el autor a través de su film. Vínculos imposibles de romper a pesar del deseo contrario encadenados a una relación filial que el destino o la casualidad nos impuso.
Si bien es cierto que películas como La madre no responden a la masividad del público y que muchas veces son cuestionadas sin una fundamentación teórica, es interesante que exista un cine heterogéneo y experimental, cuya idea se base en lo tajante de una propuesta transformadora, cuidada desde lo estético y con una narrativa tan poética como desconcertante. Un cine para aquellos que quieran alejarse de lo convencional y husmear en lo diferente.
Nota: Dado que la cualidad estética en las películas de Gustavo Fontán son su rasgo distintivo y que trabaja con un cine ligado a la percepción la película se ha ampliado y se estrena en 35 mm. Asimismo, junto con el estreno de La madre, se realizará un ciclo en el Espacio INCAA KM2 - La Mascara (Piedras 736) donde se proyectará la trilogía del autor compuesta por El Árbol, La orilla que se abisma y La madre.
Gustavo Fontán ha dado muestras suficientes - El árbol, primero; La orilla que se abisma, después- de un infrecuente talento narrativo, un cuidado estético y una fuerza poética que lo hacen uno de los cineastas independientes con mejores herramientas para resolver cuestiones que tienen que ver, principalmente, con la vida misma. La madre ... Leer más Gustavo Fontán ha dado muestras suficientes - El árbol, primero; La orilla que se abisma, después- de un infrecuente talento narrativo, un cuidado estético y una fuerza poética que lo hacen uno de los cineastas independientes con mejores herramientas para resolver cuestiones que tienen que ver, principalmente, con la vida misma. La madre no elude esos tópicos y, por el contrario, se mete de lleno en el que tiene que ver con la relación madre e hijo en un momento en el que se agotan todas las alternativas y entra a tener peso la cuestión de la supervivencia.
La historia tiene como eje a Sonia y Jonatan, madre e hijo, aislados en un paisaje marginal. Mientras el joven supera la adolescencia para intentar trazar su propio destino, la mujer, separada, cae en un abismo depresivo en el que entre divagues se sumerge en la oscuridad del alcohol. Hay que ponerse en el lugar del pobre Jonatan, sin armas para intentar el rescate de una madre que parece condenada por su propio deterioro, mientras debe evaluar el quedar atrapado en el espanto o emprender un camino vital, el del descubrimiento, la revelación de que más allá de esas paredes existe un mundo que es totalmente diferente del que padece y no termina de acostumbrarse.
No es nada fácil analizar esta relación madre-hijo, en este caso para Fontán arremeter contra la culpa según el concepto judeocristiano y salir bien parado. No obstante las contradicciones que esto genera, el cineasta lo consigue con altura. La historia, los personajes y el lenguaje con que Fontán los describe recuerdan los descarnados buenos títulos de los hermanos Jean-Pierre y Luc Dardenne.
Quizá la falta de ajuste en algunos momentos (que es de suponer que son producto de un armado del relato sobre la marcha) afecta el ritmo que, es importante aclarar, no pretende ser sostenido. Fontán consigue trasladar al espectador la sensación de que esa situación expuesta con crudeza no da para más. Lo hace una y otra vez, y así logra tensionarlo, comprometerlo. De eso se trata.
Claudio D. Minghetti
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