Pedro Almodóvar me ganó otra vez. Había leído muy buenos comentarios sobre su última película, Los abrazos rotos, en la prensa española, pero pensaba que nacían desde un sentimiento estrictamente chauvinista. Creía que no podía ser que cada vez que el director lanzaba un nuevo largometraje sus compatriotas lo alabaran como a un semi-dios, ... Leer más Pedro Almodóvar me ganó otra vez. Había leído muy buenos comentarios sobre su última película, Los abrazos rotos, en la prensa española, pero pensaba que nacían desde un sentimiento estrictamente chauvinista. Creía que no podía ser que cada vez que el director lanzaba un nuevo largometraje sus compatriotas lo alabaran como a un semi-dios, que los españoles defendían a uno de sus hijos pródigos simplemente por ser de su tierra, y que en realidad no lo medían con la misma vara que al resto. Me equivoqué: Los abrazos rotos es sobre todo una narración genial y, a pesar de lo que muchos podíamos imaginar, demuestra que el cineasta manchego ha llegado a una maduración sorprendente en el arte de contar historias.
La película está dividida en dos tiempos que confluyen en un constante ida y vuelta. Como espectadores, empezamos conociendo al director de cine Mateo Blanco -Lluís Homar-, que se hace llamar Harry Caine y que ha quedado ciego tras un accidente. El cómo, lo iremos descubriendo con el tiempo. Mateo es sobre todo un prestigioso guionista, y la historia comienza a desentrañarse cuando un aficionado con mucho dinero se acerca a él para pedirle que lo ayude con un guión sumamente personal.
El joven que busca al realizador se presenta como Ray X -Rubén Ochandiano-, y su aparición es el nexo necesario para viajar en el tiempo. Él no es otro que el hijo del empresario multimillonario recientemente fallecido Ernesto Martel -José Luis Gómez-, un hombre que fuera la pareja formal del gran amor de Mateo en los 90, Magdalena -Penélope Cruz-. Y por eso volamos a 1994.
Magdalena es secretaria de Martel, un hombre mucho mayor que ella y a quien tiene enamorado. El padre de Magdalena sufre una enfermedad terminal, y el único que puede ayudarla es su jefe. Él, obviamente, financiará el tratamiento del padre de su amada, y ella se sentirá tan en deuda que iniciará una relación. Como la relación es casi una devolución de gentilezas, no hay amor de por medio, y Magdalena, aburrida, decide incursionar en la actuación. Va a un casting para una película de Mateo, y el flechazo es inmediato. Pero Martel es un controlador y decide financiar la película con tal de saber cada paso de su mujer.
La historia principal salta constantemente este tramo entre 1994 y 2008, y va matizando con las vivencias de otros personajes y sus relaciones, como la que mantiene Mateo con su ayudante de toda la vida, Judit García -Blanca Portillo-, y el joven hijo de ella, Diego -Tamar Novas-.
Engaños, traiciones, amores prohibidos se multiplican en 1994, un año que terminará en una tragedia que no llegará a un cierre sino 14 años después.
Las actuaciones son todas destacables. Penélope Cruz mantiene el nivel al que nos ha acostumbrado y las participaciones secundarias de Gómez, Lola Dueñas, Ochandiano y Novas le hacen juego al elenco. Pero sin dudas el punto más alto lo encontramos en los trabajos de Lluís Homar y Blanca Portillo, superlativos los dos en cada expresión, cada gesto, cada silencio.
Antes que una película notable, Los abrazos rotos es una obra maestra del relato. Los condimentos son tantos que parecería imposible poder mezclarlos y construir personajes tan sólidos con sólo dos horas de pantalla. Pero claro, detrás de las cámaras está el gran Pedro, que demuestra porqué su apellido es desde hace mucho tiempo un adjetivo calificativo de un modo de hacer cine.
Hay varias películas en Los abrazos rotos, de un modo figurado pero también en un sentido literal. La obra de Pedro Almodóvar siempre se nutrió vorazmente de otras fuentes –los melodramas de Hollywood, la estética de las grandes divas italianas–, pero en su nueva realización pareciera estar rindiéndole homenaje a la capacidad demiúrgica ... Leer más Hay varias películas en Los abrazos rotos, de un modo figurado pero también en un sentido literal. La obra de Pedro Almodóvar siempre se nutrió vorazmente de otras fuentes –los melodramas de Hollywood, la estética de las grandes divas italianas–, pero en su nueva realización pareciera estar rindiéndole homenaje a la capacidad demiúrgica del cine, a su potencialidad como máquina de narrar. No parece casual que el protagonista, antes que director, sea un guionista. Y que ese guionista –ciego, y por lo tanto obligado a imaginar la realidad, y eventualmente a transfigurarla– sea quien lleve la batuta del relato, quien cuente la historia de un pasado traumático capaz de confundirse con un melodrama a la vieja usanza, aunque envuelto en el brillo de una película como las que en los años ’80 hacía... Pedro Almodóvar.
Conviene ir por partes. La primera capa de la cebolla es la de Harry Caine (Lluís Homar). Al comienzo, él mismo cuenta, a la manera de un monólogo interior, que ese nombre tan sonoro –de ecos que remiten al protagonista de El tercer hombre– no es otra cosa que un pseudónimo, un alias con el cual solía escribir sus primeros guiones y que terminó adoptando definitivamente cuando Mateo Blanco, su verdadera identidad, aquella con la cual se consagró como director de cine, quedó ciego.
Aquí empiezan los flash forwards, los racconti, esos “recuerdos” que –a la manera de los que en sus tramas más delirantes imaginaba Hollywood– se producen uno dentro de otro, como cajas chinas. Basta que una amante ocasional del veterano Harry Caine le lea en el periódico acerca de la muerte del magnate Ernesto Martel (José Luis Gómez) para que la memoria de Harry Caine se agite afiebradamente y reabra en él una vieja herida que nunca llegó a cicatrizar. Esa herida se llama Lena (Penélope Cruz). Y como Lena lleva muerta casi quince años, el film la puede imaginar –como Harry Caine, que la amó ciegamente cuando era Mateo Blanco– de muchas maneras diferentes. Como la sumisa secretaria del millonario Martel; como Séverine, una belle de jour que completa sus magros ingresos trabajando para la madama de un burdel, y como una estrella en potencia, capaz de transformarse en una nueva Audrey Hepburn.
Es de esa imagen que se enamora el cineasta Mateo Blanco. Y una imagen es todo lo que quedará de ella para Harry Caine. El tema del doble es central en Los abrazos rotos. Todos los personajes principales parecen tener más de una personalidad, y a veces más de dos. Es el caso, por ejemplo, de Ray X (Rubén Ochendiano), un joven cineasta que quiere filmar con Caine una película sobre un padre tan violento como siniestro y que se revela como el hijo de Martel (¿el apellido de este personaje habrá salido de la relación de Almodóvar como productor del cine de Lucrecia? Todo aquí remite al cine).
Desde el Blow up de Antonioni hasta el Blow out de De Palma, pasando por Vértigo de Hitchcock y Viaggio in Italia de Rossellini, la historia del cine se da cita en Los abrazos rotos, a la manera de un maelstrom, o del Aleph borgeano. Cuando Harry Caine, ya ciego, quiere “ver” una película no puede sino elegir la voz de Jeanne Moreau en Ascensor para el cadalso. Hay algo un poco asfixiante en esta cinefilia, en este mundo de Los abrazos rotos que vive únicamente por y para el cine. Como si Almodóvar a su vez se hundiera en sí mismo, la película que Mateo Blanco filma con Lena como protagonista se titula Chicas y maletas y parece una suerte de calco de Mujeres al borde de un ataque de nervios, con Chus Lampreave y Rossy De Palma incluidas.
Comedia brillante, film noir, melodrama, sainete ibérico, todo tiene lugar en Los abrazos rotos, y a veces parece demasiado. Sin embargo, y a pesar de ciertas escenas quizás excesivamente conversadas, en las cuales los personajes no sólo se pierden en digresiones, sino que se explican demasiado a sí mismos, hay algunas secuencias verdaderamente magistrales, que prueban que Almodóvar es capaz de hallazgos magníficos como cineasta. Uno de ellos es el momento en el cual Lena llega a casa de Martel y, a espaldas del hombre, completa en voz alta el diálogo de unas imágenes mudas que el millonario ha mandado filmar, para espiarla. Realidad y representación se confunden en un mismo plano, sintetizando el proyecto de toda la película, la duplicidad esencial que la define.
Por Luciano Monteagudo
En Los abrazos rotos, Pedro Almodóvar vuelve a sorprender con su capacidad de permanecer fiel a sus primeras obsesiones de artista. Disección de la pasión amorosa, con sus ridículos y grandezas; elogio del cine, contemplado y exhibido en el proceso de su fabricación misma; fascinación por la imagen femenina, entre sublime y grotesca, desborda ... Leer más En Los abrazos rotos, Pedro Almodóvar vuelve a sorprender con su capacidad de permanecer fiel a sus primeras obsesiones de artista. Disección de la pasión amorosa, con sus ridículos y grandezas; elogio del cine, contemplado y exhibido en el proceso de su fabricación misma; fascinación por la imagen femenina, entre sublime y grotesca, desbordando glamor, comicidad y emoción. Considérese la nueva propuesta del director manchego: Mateo Blanco, alias Harry Caine (Lluís Homar), es un director de cine que pierde la vista luego de un accidente automovilístico. Su última película, Chicas y maletas fue, 15 años atrás, un rotundo fracaso de crítica y taquilla. La aparición de un misterioso personaje le obliga ahora a considerar las razones del descalabro artístico, entre las que destaca una historia de amor contrariado con su propia actriz, Lena (Penélope Cruz), amante de un productor (José Luis Gómez), dispuesto a destrozar la felicidad ajena. Hasta aquí lo esencial de la trama, narrada en dos tiempos.
En el guión de Los abrazos rotos abundan las referencias al cine anterior de Almodóvar, desde Volver hasta Mujeres al borde de un ataque de nervios, y un gusto irredento por el melodrama (enfermedad, muerte y amor no correspondido), pero también formidables secuencias humorísticas como la metralla verbal de una exuberante Carmen Machi detallando su encuentro sexual con un narcotraficante. El director narra una historia complicada “como la vida misma”, con un mecanismo de muñecas rusas y frecuentes saltos temporales. No todo es verosímil y el artificio campea a lo largo de la cinta, pero se trata de un propósito de comedia deliberado y muy familiar para los seguidores de Almodóvar, evidentemente más irritante que nunca para sus detractores. Lo que salva a la cinta de naufragar en la gratuidad completa es el evidente gusto del cineasta por un trabajo profesional (fotografía espléndida de Rodrigo Prieto) y su capacidad de trastocar la aparente frivolidad en una sucesión de emociones vigorosas. Si en el amor y en la vida cotidiana los personajes mienten todo el tiempo, pareciera razonar Almodóvar, ¿por qué no habría de hacerlo el cine, la más genial de todas las imposturas contemporáneas?
–Carlos Bonfil
Almodóvar es uno de los directores mas particulares del cine mundial. Sus películas son difíciles de juzgar por sus partes, o sea, cuesta destacar algo en particular. No se puede hablar de los actores o del guion o como está filmado. El une todo eso, y si algo sale mal, todo quedaría pegado.
Pero en mi caso, desde Todo sobre mi madre, empecé ... Leer más Almodóvar es uno de los directores mas particulares del cine mundial. Sus películas son difíciles de juzgar por sus partes, o sea, cuesta destacar algo en particular. No se puede hablar de los actores o del guion o como está filmado. El une todo eso, y si algo sale mal, todo quedaría pegado.
Pero en mi caso, desde Todo sobre mi madre, empecé a ver el cine de Pedrito, y desde Hable con ella me he vuelto un incondicional, que película a película sigo confirmando.
La síntesis es que Almodóvar logra que vea una película con Penélope Cruz y que me guste. Hace ese milagro!
El sigue contando historias que a otros no le entenderíamos o pensaríamos que está mal de la cabeza. Aunque creo que con Los abrazos rotos ha hecho una película que puede exceder al ámbito habitual de espectadores de sus films. Es una historia más simple (dentro de las que hizo, ojo!) que podrá ser disfrutada por un espectro mayor indudablemente.
Por el resto, es la calidad habitual, un elenco maravilloso (que el logre que funcione así), una calidad de filmación divina, y una musicalización acorde a lo que se ve.
No hay mucho más para sacar ni analizar de una película del gran Pedro Almodóvar. Quienes lo saben apreciar, creo que la van a pasar tan bien como yo. Gracias maestro.
A medida que avanza su carrera (hace una semana cumplió 60 años y ya lleva 17 largometrajes realizados), Pedro Almodóvar apuesta por un cine cada vez más complejo y lleno de riesgos. Algunos podrán añorar el desparpajo y el espíritu contestatario de sus primeros films de la década del 80, pero siempre resulta estimulante que un director ya ... Leer más A medida que avanza su carrera (hace una semana cumplió 60 años y ya lleva 17 largometrajes realizados), Pedro Almodóvar apuesta por un cine cada vez más complejo y lleno de riesgos. Algunos podrán añorar el desparpajo y el espíritu contestatario de sus primeros films de la década del 80, pero siempre resulta estimulante que un director ya consagrado renueve en cada película su apuesta por la experimentación y se exponga al explorar nuevos territorios estéticos, temáticos y formales.
En Los abrazos rotos , la producción más cara (costó 15 millones de euros), la más compleja (demandó 14 meses de trabajo) y, por lejos, la más ambiciosa de su carrera en cuanto a estructura narrativa, saltos temporales y cambios de climas, Almodóvar opta por el melodrama romántico con elementos propios del film-noir, aunque en la película hay también espacio para un desenlace cómico e incluso para la autoparodia y la autocelebración, ya que dentro de las múltiples subtramas aparece el rodaje de una película llamada Chicas y maletas, que no es otra que Mujeres al borde de un ataque de nervios . Además, el director se permite incluir en pequeños papeles a varias de las "chicas" vistas en films previos, como Angela Molina, Lola Dueñas, Kiti Manver, Rossy De Palma, Kira Miró, Mariola Fuentes y Chus Lampreave, entre otras.
El film -de un gran virtuosismo y sofisticación formal, pero que por momentos cae en cierto manierismo y apela a algunos diálogos ampulosos- narra desde el presente y a través de constantes flahsbacks una historia de obsesión, venganza, manipulación, infidelidad, pasión, culpa y chantaje ambientada entre 1992 y 1994.
El protagonista es Mateo Blanco (gran trabajo de Lluís Homar), un guionista y director que queda ciego y que se hace llamar Harry Caine ("me convertí en mi seudónimo", dice). El propio realizador -un antihéroe que parece surgido de los anales del cine y de la literatura negra- va narrando en off su torturado pasado, sus desventuras artísticas junto con su productora y confidente (Blanca Portillo), y especialmente su historia de amor con Lena (Penélope Cruz), una aspirante a actriz y prostituta ocasional -vinculada afectivamente a un despiadado y poderoso empresario (José Luis Gómez)- que se convertirá en protagonista de su película y en el objeto de su deseo.
Como en La ley del deseo o La mala educación , Almodóvar apela a un laberíntico esquema de cine dentro del cine y, como en buena parte de su filmografía reciente, inunda el relato de citas y referencias (en este caso, desde Viaje en Italia , de Roberto Rossellini, hasta El beso de la muerte , de Henry Hathaway, pasando por el look de Audrey Hepburn para el personaje de Cruz). Y, lo que en principio aparece como un mero ejercicio de cinefilia insustanciosa, termina con el correr del relato en una conmovedora reivindicación del arte de hacer películas incluso en las condiciones más adversas. Porque Los abrazos rotos es eso: una épica sobre el amor y el cine.
Diego Batlle
Harry Caine, seudónimo de Mateo Blanco (Lluís Homar), es un guionista ciego que alguna vez fue director de cine. Judit, su directora de producción, siempre ha estado a su lado y sigue siendo su gran apoyo. Ella (una masoquista de vocación) es de ese tipo de mujeres que, a fuerza de oportunas lealtades, sabe cómo adueñarse de un hombre y qued ... Leer más Harry Caine, seudónimo de Mateo Blanco (Lluís Homar), es un guionista ciego que alguna vez fue director de cine. Judit, su directora de producción, siempre ha estado a su lado y sigue siendo su gran apoyo. Ella (una masoquista de vocación) es de ese tipo de mujeres que, a fuerza de oportunas lealtades, sabe cómo adueñarse de un hombre y quedárselo para sí, aunque eso implique usar en su beneficio la desgracia de aquél.
Para sobrevivir, Harry-Mateo ha tomado dosis masivas de “erosión de memoria” (“Tokio ya no nos quiere”, Ray Loriga) y disfruta de sexo ocasional con desconocidas. El accidente que sufre Diego, el hijo adolescente de Judit, a quien conoce desde pequeño, lo pone en situación de abrirse a sus dolorosos recuerdos, lo que es reforzado por la aparición de un oscuro sujeto que dice tener material filmado para un documental de un empresario que acaba de fallecer.
En “LOS ABRAZOS ROTOS”, Pedro Almodóvar se vuelca al melodrama en estado puro, aquel que ha servido de inspiración a lo más clásico del género telenovelero latino (que seguirá funcionando mientras existan personas que sigan soñando con los peces de colores).
A través de racontos, “Los abrazos...” reconstruye la historia de Mateo, cuando éste se enamora apasionadamente de Magdalena, Lena (Penélope Cruz), una chica que convive con un poco atractivo millonario. El engañado se ha encargado de vigilar a los amantes incautos, mientras éstos filman un largometraje que tiene a Lena de protagonista.
Amores perros, amores tormentosos, amores traicioneros... Pura fatalidad...
Sin embargo, esta es una historia que tiene una enorme fe en el poder de sanación de las verdades reveladas (o en los milagros).
“Los abrazos rotos” aparenta ser la película más convencional de Pedro Almodóvar. Sus personajes son más pueriles que estrambóticos y el amor imposible es tan corriente como aquello de chica-pobre-casada-con-millonario-viejo-y-feo se enamora de pintoso-director-de-cine-pobre. Pero, de a poco, los personajes se van desdoblando hasta lucir su sello almodovariano.
Para mayor seña, cuando los amantes están en una cabaña de Famara ven por TV una película de Rossellini (“Te querré siempre”, en traducción española). Como en casi todas las películas de Almodóvar, aquí también hay mucha presencia y referencia cinéfila (desde “Sabrina” y “Desayuno en Tiffany” a “Blade Runner”, pasando por Fritz Lang y un largo etc.)... Sin considerar que lo que convoca a estos seres es precisamente el rodaje de un filme.
No es lo único: Almodóvar juega con los planos de realidad, en película sobre película, lo que ocurre en el set, lo que se filma, lo que pasa fuera de él y lo que se está grabando sin que se enteren los protagonistas. Este juego de verdades y planos cruzados y superpuestos, con distintas pantallas que parecen mostrar las bambalinas y el corazón de hacer cine, es lo que hace más inquietante a la película, como una nueva manera de deconstruir la realidad, la que ciertamente tiene resultados insospechados.
Sólo al final del día nuestro protagonista se entera de cómo es que han sido sus serviciales y leales amigos quienes han manejado su destino. Harry-Mateo —que ha perdido a la mujer de su vida— es un hombre ciego, que, para mayor tragedia, alguna vez vio el sol.
“Yo voy por el mundo a tientas desde que te he conocío”, canta la música final.
Los abrazos rotos (España, 2009), largometraje 17 de Pedro Almodóvar, el más afamado cineasta español desde Luis Buñuel, ha sido tachado de tedioso y repetitivo, de obra menor carente de la complejidad dramática de sus últimas películas como Todo sobre mi madre, Hable con ella, La mala educación o Volver. Y sí, quizá no tenga la sobrieda ... Leer más Los abrazos rotos (España, 2009), largometraje 17 de Pedro Almodóvar, el más afamado cineasta español desde Luis Buñuel, ha sido tachado de tedioso y repetitivo, de obra menor carente de la complejidad dramática de sus últimas películas como Todo sobre mi madre, Hable con ella, La mala educación o Volver. Y sí, quizá no tenga la sobriedad ni profundidad argumental de aquellas, no obstante tiene un valor intrínseco: se trata de un filme Almodóvar con todos esos aciertos y errores que le otorgan espontaneidad y momentos memorables y otros de franca pena ajena pero igualmente disfrutables (la propuesta de hacer una trama cachonda vampírica con el letrero de 'Dona sangre', por ejemplo), en un relato que combina con eficacia, sensibilidad emocional y el típico humor feroz del manchego. Una trama extrema y folletinesca en la que se entremezclan el melodrama, el cine dentro del cine, el engaño, las secreciones, los celos, la obsesión erótica, la culpa y el cine negro con una bellísima femme fatale (Penélope Cruz), a medio camino entre Billy Wilder, Douglas Sirk y Roberto Rossellini cuya película En Viaje a Italia (1954), acerca de un matrimonio en crisis que en un paseo a Pompeya contemplaba con tristeza y horror los cuerpos unidos y petrificados de una pareja, fue la inspiración de Los abrazos rotos. Por supuesto, la perspectiva cinéfila es sólo el arranque de una historia donde permea la melancolía y la devastación emocional a pesar de los instantes humorísticos. Es evidente que tiene más peso, escenas como la confesión/doblaje de la protagonista –uno de los momentos más intensos de su filmografía, por cierto-, que el guiño de ojo a las mujeres del cineasta y a su obra más extravagante y provocadora, como la película que filma Mateo (Homar), Chicas y maletas, que recuerda clásicos como Mujeres al borde de un ataque de nervios. Los abrazos rotos es una historia de amor interrumpida. Una tragedia pasional contada por un guionista ciego, exitoso cineasta catorce años atrás, enamorado de una secretaria ejecutiva, prostituta ocasional y aspirante a actriz, amante de un maduro, poderoso y celoso empresario (Gómez), con un hijo gay. Es la historia de un hombre que ha borrado su pasado en apariencia. El olvido como coraza y el recuerdo de un amor intenso como última redención, en una de las mejores puestas visuales de Almodóvar.
Por Rafael Aviña
Buena
Nunca me engancho el cine de Almodovar. No se por que. Lo que mas me llama la atencion es la fotografia que es excelente y esta al servicio de cada escena. Para mi es una novelita con pretensiones de ahondar en los sentimientos humanos y como ellos van cambiando.
Almodovar se excede con tantos personajes, tantas situaciones, tantas complicaciones y secretos que finalmente no hay profundizacion.