August Rush es un prodigio. El personaje, claro: no la película. Este improbable Mozart del siglo XXI tiene unos 12 años, vive en un orfanato y no sólo es un superdotado para la música y lleva en su cabeza una orquesta. También tiene una especie de extraordinario sexto sentido gracias al cual, aunque nada sabe de su origen, está convencido de ... Leer más August Rush es un prodigio. El personaje, claro: no la película. Este improbable Mozart del siglo XXI tiene unos 12 años, vive en un orfanato y no sólo es un superdotado para la música y lleva en su cabeza una orquesta. También tiene una especie de extraordinario sexto sentido gracias al cual, aunque nada sabe de su origen, está convencido de que sus padres viven y andan por ahí, buscándolo; que sintonizan la misma música que la naturaleza desencadena en su cerebro, y que bastaría hacerles llegar esos sonidos para que lo reconocieran. Y más, porque la hipersensibilidad del huerfanito lo habilita para otras proezas, como podrá comprobarse en la increíble escena final, coronación de una edulcorada fantasía telenovelesca que Kirsten Sheridan concibió como fábula.
Kirsten es hija de Jim, el realizador de Mi pie izquierdo , En el nombre del padre y Tierra de sueños , de quien puede haberlo heredado todo menos su ponderación para retratar sentimientos sin empalagar ni precipitarse en la sensiblería.
A toda orquesta
En el principio del film, más allá de cierta estética de póster con aspiraciones poéticas, la joven cineasta consigue introducir al espectador en la exuberante imaginación del protagonista. Allí, todos los ruidos del mundo -no importa que se trate de máquinas, cantos, sirenas, rumores o bocinas- se organizan en una embriagadora combinación de sonidos, ritmos y melodías.
Pero enseguida irrumpe la dura realidad, que se volverá más sórdida todavía cuando el chico abandone el orfanato y siga su destino de Oliver Twist -Fagin incluido-, mientras la acción vuelve atrás para recrear la fugaz historia de amor de sus padres -él rockero, ella chelista, los dos lindos-, y se suceden, en los dos tiempos del relato, los dramones dignos del más clásico y envejecido culebrón.
Kirsten parece creer que la fantasía de la fábula autoriza cualquier extravío y no se pone límites para componer su pastiche con mucha música y mucha emoción impostada. Así, entre el Dickens inicial (al que Robin Williams aporta su propio exceso) y el melodrama mexicano, puede haber un poco de todo: flechazo fulminante con luz de luna, procreación al primer contacto, bebe entregado por manos ajenas al orfanato, rock mezclado con chelo y gran orquesta, milagros guitarrísticos, un desencuentro tipo Algo para recordar , un número colectivo al estilo Fama y hasta un final modelo Los unos y los otros por toda la compañía.
La música, claro, lo puede todo. Incluso, en algunos tramos, distraer al espectador del pobre remedo de cuento de hadas al que está asistiendo y sensibilizarlo ante las penurias de un chiquilín tan simpático y desenvuelto como Freddie Highmore, a pesar de que aquí parezca a ratos bastante desconcertado. Pero no puede pedírsele mucho más.
Hasta las fábulas necesitan ser creíbles.
Fernando López
August Rush: Escucha tu Destino
"Increíble"
"Me encanta la pelicula es muy hermosa, maravillosa en fin la he visto como 32 veces simplemente la adoro."