Paris se centra en la historia de Pierre (Romain Duris) un bailarín profesional obligado a dejar su trabajo cuando sufre un grave ataque al corazón. Mientras espera que un transplante, que puede aparecer como no, le salve la vida, no encuentra mejor pasatiempo que observar a la gente que pasa por ... Leer más
Paris se centra en la historia de Pierre (Romain Duris) un bailarín profesional obligado a dejar su trabajo cuando sufre un grave ataque al corazón. Mientras espera que un transplante, que puede aparecer como no, le salve la vida, no encuentra mejor pasatiempo que observar a la gente que pasa por debajo del balcón de su departamento parisino. Cuando su hermana Elisa (Juliette Binoche), que tiene tres hijos pero no marido, se muda para cuidarlo, Pierre no abandona su nueva costumbre. Y en lugar de bailar él, serán Paris y los parisinos quienes dancen frente a sus ojos.
| Género | Comedia, Drama, Romance |
|---|---|
| Título Original | Paris |
| Director | Cédric Klapisch |
| Protagonistas | Juliette Binoche, Melanie Laurent, Romain Duris, François Cluzet, Karin Viard, Albert Dupontel, Fabrice Luchini |
| Año de producción | 2008 |
| Duración | 130 minutos. |
| Guionista | Cédric Klapisch |
| País | Francia |
| Calificación de la comunidad | ![]() Calificación media basada en 189 personas |
| Calificación de la prensa | ![]() Calificación media basada en 6 críticos |
| Ultima modificación | renata.v.dias (Hace un año) |
El realizador francés Cédric Klapisch , valor seguro en la taquilla francesa (dos millones de espectadores para su cinta más reciente), ha sabido siempre colocar a su ciudad natal, París, en el centro de su paisaje fílmico. Desde su segundo largometraje, Cada quien pierde su gato (1996), el universo doméstico, con sus intrigas familiares y su ... Leer más El realizador francés Cédric Klapisch , valor seguro en la taquilla francesa (dos millones de espectadores para su cinta más reciente), ha sabido siempre colocar a su ciudad natal, París, en el centro de su paisaje fílmico. Desde su segundo largometraje, Cada quien pierde su gato (1996), el universo doméstico, con sus intrigas familiares y su recuento de amoríos, primeramente desdichados, a la postre reivindicados por un desenlace feliz, se ha ampliado continuamente hasta abarcar barrios enteros, o en el caso de su éxito más rotundo, El albergue español (2002), a diversas nacionalidades europeas, encarnadas en un grupo de estudiantes cohabitando en una modernísima Barcelona.
Las películas corales de Klapisch, con sus trepidantes registros de atmósferas urbanas, sus tramas fantasiosas, en ocasiones futuristas (Tal vez, 1999), simpáticas y convencionales, preparan el terreno para la comedia costumbrista definitiva, pletórica de sentimentalismo de barriada, que es Amélie, de Jean Pierre Jeunet. En París asistimos a la historia de un joven (Romain Duris), aquejado por un padecimiento cardiaco, y que presintiendo el final de sus días, decide hacer de cada gesto suyo y de cada uno de sus encuentros afectivos, una declaración de amor a su ciudad natal, misma que vibra y late, al igual que el corazón del joven, con una energía continuamente amenazada. Con esta metáfora de una obviedad apabullante, Klapisch consigue reunir a un grupo de actores talentosos (Fabrice Luchini y Juliette Binoche) para animar las anécdotas y peripecias de una docena de existencias cruzadas en la gran urbe. Hay apuntes humorísticos, en definitiva muy inocuos, sobre el racismo y el estrés citadino, y también sobre la incomunicación amorosa, aunque difícilmente consigue Klapisch situar a su película en el terreno de las grandes obras sobre la capital francesa.
–Carlos Bonfil
¡Ah, París! Con semejante título, que se anima a no imponerle un adjetivo a la homenajeada o a describir sucintamente cierta intencionalidad desde el vamos –del tipo “sinfonía de...” o “vista por...” o bien un “2008” que congele temporalmente la instantánea citadina–, el realizador Cédric Klapish tenía vía libre para compone ... Leer más ¡Ah, París! Con semejante título, que se anima a no imponerle un adjetivo a la homenajeada o a describir sucintamente cierta intencionalidad desde el vamos –del tipo “sinfonía de...” o “vista por...” o bien un “2008” que congele temporalmente la instantánea citadina–, el realizador Cédric Klapish tenía vía libre para componer a gusto su tratado sobre la ciudad que lo vio nacer. Porque si bien es cierto que las historias que el film construye podrían, en líneas generales, transcurrir en cualquier metrópolis, cada uno de sus detalles vibra con una sensibilidad típicamente parisina o al menos de eso parecería querer convencernos cada fotograma. No es casual entonces que la película, una obra con características personales que intenta al mismo tiempo seducir a la mayor cantidad de público posible, haya disfrutado de un importante éxito comercial en su país de origen.
París a secas, el nuevo largometraje del director de Piso compartido y Las muñecas rusas, vuelve a insistir en la estructura coral que es la especialidad de la casa. Compuesto por una serie de tramas y personajes que se chocan y entrecruzan, directa o indirectamente, el punto de partida dramático está protagonizado por un joven bailarín, Pierre (Romain Duris, todo un veterano en la filmografía de Klapish), quien descubre que la grave enfermedad cardíaca que lo aqueja sólo puede acabar felizmente con un transplante de corazón. De esa forma, el film relaciona desde un primer momento al motor vital del organismo con su metafórica acepción romántica: muchas de las historias que se despliegan a lo largo de más de dos horas se relacionan con los “problemas del corazón”, aunque no del grado de seriedad del padecido por Pierre. La hermana del muchacho, sin ir más lejos, no conoce hombre desde hace un tiempo (Juliette Binoche, quien devora fácilmente cada escena en la cual aparece). Carencia sublimada en parte por ser la madre de tres hijos y por su rol como trabajadora social, detalle que le permite al film, casi de pasada, hacer alguno que otro comentario no demasiado profundo sobre la pérdida de los ideales solidarios, particularmente los sostenidos por el Estado francés.
Varias subtramas podrían eliminarse de raíz sin que el film se resienta en lo más mínimo, incluso aquellas que resultan gozosas como entes autónomos. La visita al psicólogo de un profesor de historia cincuentón (Fabrice Luchini) enamorado de una bella veinteañera, con sus toques a la Woody Allen, resulta muy graciosa y es rematada por un preciso gag, pero es difícil no sentirla injertada gratuitamente en la película para lucimiento de la idea y de los actores (hay en el film una sobreabundancia de figuras en cameos de brevísima exposición). A algunos momentos de gran inspiración, como esa escena en la cual un grupo de amigas tira la chancleta al irse de levante a un frigorífico –circunstancia capaz de ruborizar los rostros de las mismísimas chicas de Sex and the City–, Klapish le suma, empardando la partida, alguna secuencia de dudoso gusto cinematográfico, como esa pesadilla en 3-D que parece imitación de un mal sketch televisivo.
Así es París: una de cal y otra de arena. Y si bien el film no se priva de poner en pantalla una muerte innecesaria, como para que el espectador piense algo así como “bueno, c’est la vie” –un recurso algo canalla cuando no es sostenido por el contexto–, también es cierto que el film no carga excesivamente las tintas en la enfermedad y el dolor, prefiriendo un tono ligero en la mayor parte de su metraje. Al optar por una estructura que circula por los bordes de un núcleo inasible –la ciudad como estrella central–, Klapish logra un film que por momentos respira aires de libertad, mientras en otros se ve aplastado por su propia inconsecuencia.
Cédric Klapisch es un especialista en relatos corales que generalmente organiza en torno de un espacio común: una tienda por departamentos ( Riens du tout ), una cocina ( Un aire de familia ), un barrio (la Bastilla en Chacun cherche son chat , su primer éxito) o una residencia estudiantil ( Piso compartido ). Aquí, la mirada se hace má ... Leer más Cédric Klapisch es un especialista en relatos corales que generalmente organiza en torno de un espacio común: una tienda por departamentos ( Riens du tout ), una cocina ( Un aire de familia ), un barrio (la Bastilla en Chacun cherche son chat , su primer éxito) o una residencia estudiantil ( Piso compartido ). Aquí, la mirada se hace más abarcadora y la propuesta, más ambiciosa: apunta a una ciudad entera -la suya- y busca descubrirla en su gente, la gente común de todos los barrios y de todas las clases sociales. Procura también -tarea bien ardua tratándose de París- mirarla con ojos nuevos o mejor: con la mirada revalorizadora de quien la conoce bien y cree estar viéndola por última vez.
Por eso quien observa pasar la gente desde su balcón es Pierre, un ex bailarín del Moulin Rouge, enfermo cardíaco y obligado a permanecer inactivo a la espera de un posible trasplante. Es el primer acierto del guión: nada hace apreciar más la vida que la conciencia de su fugacidad. La misma idea rige las conductas de otros personajes, como la hermana de Pierre, que le franquea su departamento (y la vista desde su balcón de Ménilmontant, el verde de Père-Lachaise incluido), y al fin logra salir de su aislamiento afectivo. O como el maduro profesor de historia, especialista en París, que renuncia al encierro universitario, se vuelve mediático y rejuvenece al enamorarse de una alumna.
Esos tres personajes son los que merecen mayor desarrollo, pero hay muchos otros, ligados a ellos o no: el arquitecto de éxito, la panadera llena de prejuicios y sonrisas hipócritas, el pequeño mundo del mercado, con sus vendedores ruidosos y su coqueta beldad: todo un mosaico que refleja la diversidad de la población, además de la ciudad misma, verdadera protagonista.
Aunque no puede evitar del todo los altibajos propios de este tipo de relatos ni disimular que los personajes responden a la necesidad de ilustrar sus ideas sobre la ciudad y por eso a veces carecen de espesor, Klapisch narra con fluidez, escribe diálogos jugosos y obtiene momentos de emoción (la relación entre los hermanos), fresco encanto (el strip tease de Binoche), humor (la sesión de psicoanálisis) o de una tenue melancolía a la que mucho contribuye la música de Satie. También saca provecho de sus estupendos actores (Binoche, Duris y Viard en especial) y de la fotogenia de la ciudad, que se ve espléndida.
En su noveno largometraje, París (Francia, 2008), Cédric Kaplisch vuelve a la Ciudad Luz de sus amores después de un periplo internacional que lo llevó a El Albergue Español (2002) y, luego, a Las Muñecas Rusas (2005). En su retorno, sin embargo, Kaplisch ha resultado ser un poco más sombrío que en sus primeras crónicas parisinas del tipo ... Leer más En su noveno largometraje, París (Francia, 2008), Cédric Kaplisch vuelve a la Ciudad Luz de sus amores después de un periplo internacional que lo llevó a El Albergue Español (2002) y, luego, a Las Muñecas Rusas (2005). En su retorno, sin embargo, Kaplisch ha resultado ser un poco más sombrío que en sus primeras crónicas parisinas del tipo Y Chloé Perdió a su Gato (1996). Esta vez la muerte ronda en la primera escena, la felicidad es difícil de asir, y el amor llega y se va en un suspiro. Así, Kaplisch apuesta por un cine más serio y ambicioso, adentrándose en terrenos que otros –o por lo menos otro: el Kieslowsky de Azul, Blanco y Rojo (1993, 94 y 95)- conocen mucho mejor; su intento queda claro por diversos aspectos. Primero, por la forma en que se entrelazan la vida de media docena de personajes, desde un bailarín enfermo del corazón, su abandonada hermana cuarentona y un deprimido profesor de historia, hasta su exitoso hermano ingeniero, una bellísima jovencita de vida libre y un inmigrante camerunés que viaja a París. En segundo lugar, por los acontecimientos dramáticos que nos remiten a la idealizada Francia de la libertad, la igualdad y la fraternidad. Finalmente, por la presencia clave de la siempre bienvenida Juliette Binoche y hasta por la elección musical con la que inicia la trama (la melancólica 'Gnossienne No. 1' de Erik Satie); París, es cierto, nunca deja de interesar pero, a fin de cuentas, resulta igualmente frustrante. El espléndido reparto -un 'quién es quién' de las pantallas galas del nuevo siglo (Binoche, Romain Duris, François Cluzet, Fabrice Luchini, Karin Viard, Mélanie Laurent)- no merece ningún reproche y Kaplisch es un cineasta con oficio que sabe sostener su narrativa, por más que los 120 minutos del filme sean demasiado. Lo que arruina el resultado –o maticemos: lo que lo aligera- es que algunas historias son francamente menores, como la de ese profesor liado con una estudiante, o la de esa guapa mujer cuarentona que se ha negado a sí misma otra oportunidad... De hecho, el propio protagonista, el bailarín enfermo del corazón Pierre (Duris), en ruta a una operación de vida o muerte, lo señala, repasando lo que acabamos de ver en pantalla: 'todos se quejan, todos dicen que sufren, pero están vivos y están en París'. Lo banal de tanto azote queda más claro cuando la única historia realmente trágica –el viaje de un inmigrante africano a París- es la que menos tiempo de pantalla merece. Y es que Kaplisch está más interesado en madame Binoche. Aunque, la verdad, ¿cómo culparlo?
Por Ernesto Diezmartínez


Cargando...